En mi vida de escritora, empezar una nueva novela me pide siempre el arrojo de una heroína o de un César cuando decide cruzar el Rubicón. Me parece admirable que haya quienes puedan terminar un libro y días después zambullirse en otro. Eso es imposible para mí. No sólo porque la entrega absoluta a la última versión de la novela me deja agotada sino porque, al ausentarme de la vida cotidiana y de familia, incurro en deudas afectivas que me mortifican y me obligan a intentar reparar, inútilmente, la ausencia. (Eso es lo más triste de las ausencias; el tiempo perdido, se pierde)
Cuando me entrego a la fabulación, me olvido del mundo y me convierto en un ser ensimismado y hosco. Paso por varias fases: la feliz de descubrir un tema, una idea que me cautiva y vislumbrar lo que podría ser ese libro; la fase en la que me sumerjo en acumular el conocimiento que debo tener para abordar el tema o el período histórico en que sucederá la historia; luego el tramo en que las ideas se atropellan insinuándome alternativas que me excitan brevemente y que descarto en un gran porcentaje. Por último se trata de evitar dar palos de ciego o el que mucho abarca, poco aprieta.
Llega el día en que escribo un párrafo, frases. Me pregunto entonces qué podré escribir que tenga valor si lo que siento es terror y gran inseguridad de ser capaz de hacer lo que me propongo. Las frases van surgiendo y sobrevivo el día hasta que, al día siguiente, leo y creo saber diagnosticar el problema: No ha aparecido aún el tono, pero debo seguir. No dejarme vencer por la tentación de borrar todo. Aún no. Dejar que vaya corriendo la idea, el tiempo. Es la primera versión. Hay varias ya.
Leo más material, más información.En cada novela he tenido un autor de ángel guardián, un autor que leo para que me acompañe, para que la altura de su discurrir me sirva de contraste, o me inspire o me recuerde lo difícil que es: el autor también ha escrito sobre su proceso y ha dejado que se quemen las páginas en el fuego. Flaubert quemando las tentaciones de San Antonio.
No tengo aún mi autor-ángel guardián para lo que estoy escribiendo. Se me ocurre que quizás Cortázar me ayude a volver a la época que me interesa o navegar hacia el corazón de esos Oliveiras perdidos en París o una gran ciudad europea.
Siento que aún me faltan ritos o quitarme la venda de los ojos.

Ayer, en la reunión de escritura de Caro Di Nardo surgió justo este tema, pareciera que nos ofrecés una clase honesta y clara sobre un tema alrededor del cual surgen dudas a los que estamos en algún inicio... Gracias Gioconda, que hermoso es leerte
Leer sobre tu proceso es humanizar más tu escritura. Es que a veces parece que cosas así, a escritoras tan magistrales como tú, no les pasan! Y resulta que si. Es maravilloso leerte en tus novelas y por acá.