Lorca y las hadas
La infancia eterna de la imaginación
En una de sus conferencias en la Residencia de Estudiantes donde vivió en Madrid, Federico García Lorca, contó que había visto un hada prendida de una cortina en la habitación de un niño pequeño, primo suyo. La vio, dijo, con el rabo del ojo, una presencia dorada con un traje de ojo de perdiz. Estaba seguro.
Leer eso me hizo recordar dos experiencias de mi niñez en la que “vi” lo invisible. La primera fue en la medianoche de unas navidades. En Nicaragua, mis padres salían a la cena navideña donde mi abuelo. Cuando, de madrugada regresaban a casa, nos ponían los regalos junto a la cama mientras dormíamos. Esos regalos, según las creencias de la época en la población infantil de mi ciudad, los llevaba el Niño Dios. Yo estaba empeñada en verlo. Me hacía la dormida, pero vigilaba. A medida que crecía, mi capacidad de vigilar sin dormirme, aumentaba. Era una lucha tenaz aquella de espantar el sueño y en el diciembre en que cumplí cinco años, mi vigilia fue recompensada. El Niño Dios, sin regalos, entró sigiloso. Era un bebé de uno o dos años con un nimbo dorado alrededor de su pelo rizado, vestido solamente con un pañal blanco. Claro, no más divisarlo junto al closet al lado de mi cama, cerré los ojos, los apreté fuertemente. Sabía que si me veía, desaparecería sin más.
Los regalos estaban junto a mi cama cuando desperté al día siguiente, pero yo sabía que no era él quien los había llevado. Todavía hoy puedo recordar perfectamente esa visión, no importa que haya perdido la fe hace años. Aún queda en mi retina la imagen de ese niño, rosado, regordete, asustadizo, como yo.
La otra visión la tuve en la adolescencia. No recuerdo si fue influida por mi lectura de Sinué el egipcio. Estaba sola en la habitación que compartía con mi hermana Lucía en Managua. Los faros de los coches que pasaban por la calle frente a mi casa iluminaban de cuando en cuando las cortinas, cuando vi pasar la silueta delgada de la reina Nefertiti, con el alto tocado sobre su cabeza, caminando como sonámbula con los brazos extendidos de un lado al otro de las ventanas. Lo recuerdo perfectamente. La sombra era muy grande. No me asusté. Posiblemente no di crédito a lo que veía, pero, igual que el Niño Dios, la memoria quedó grabada en mi consciente. Mi madre se vistió de Nefertiti ese año para un carnaval. ¿Estaría probándose el disfraz?
Me apena creer aún en estas visiones infantiles que confieso. Que García Lorca haya visto su hada me animó a contarles esto.

Gracias! Seguiré.
"Sinuhé, el egipcio". ¡Qué maravilloso libro de Mika Waltari!