No soportaba el calor. Cada año, no más anunciarse mayo le empezaba el temor de la llegada de junio, el miedo a julio y el pánico de agosto. Estaba convencida que su cuerpo era alérgico a las altas temperaturas del verano. El sudor le producía picazón; la piel se le irritaba; enrojecía y la mortificaba hasta quitarle el sueño. Desde que se mudó a Madrid y vivió el primer verano, decidió que no le volvería a suceder. Había conocido otros calores, calores húmedos, de piel mojada, hasta sensuales, pero el de Madrid era odioso, implacable, violento. No solo la envolvía con su aliento de horno, sino que la resecaba toda; la piel se le ponía arenosa, como papel cebolla, arrugada, vieja.
Huía cada verano a climas más tolerables, pero ese año había decidido no solo huir, sino cumplir un sueño: ir a Escocia y hospedarse en un castillo. El que escogió era de típica arquitectura escocesa del siglo XIX, rodeado de parques. Las habitaciones y el hotel conservaban el ambiente de leyenda, con comodidades modernas: cama ancha, tinas de baño que imitaban las antiguas, pequeña cocina con nevera, un escritorio, un cómodo sofá. El castillo, de altas paredes vetustas, era de estilo baronial escocés, con una línea de cumbrera irregular que mezclaba techos cónicos con escalonados y triangulares; una escalera conducía a un piso con biblioteca, sala de música con piano. Al parque se accedía por un sendero entre arbustos espesos; un amplio espacio sembrado de césped rodeaba el edificio.
No sería un sueño barato, pero, en su oficina de arquitecta, había ganado un bono generoso. Podía permitírselo.
Escocía le fascinaba desde niña, tierra mágica de los celtas, los druidas, las tierras altas, las highlands. Se había leído la colección completa de Diana Gabaldon y vio las cinco temporadas de la serie de TV Outlander, basada en sus novelas, sin fallar un capítulo. Sam Heughan y Caitriona Balfe, en sus roles de Jamie Fraser y Claire, eran personajes de sus fantasías sexuales. A falta de pareja, luego de escenas en las que Jamie, desnudo y bello, la acariciaba entera, el vibrador mágico, conocido en la tienda de Amazon como “Satisfyer,” le producía magníficos orgasmos, a menudo en cascada. Hasta con parejas ocasionales, cuando el hombre de carne y hueso se mostraba torpe recurría a Jamie, No siempre funcionaba. La torpeza no iba con Jamie.
Llegó al aeropuerto de Glasgow a medio día. Ya el transporte de Grenier Castle la esperaba para llevarla al hotel, a poco más de dos horas de allí, en la península de Kyntire. La realidad superó sus expectativas. Su habitación, en la planta principal, tenía vista al Lago Fyne. Entre los árboles aparecía la superficie azul en medio de la recatada vegetación. La decoración era elegante y su cama era de cuatro postes con dosel. La temperatura era ideal para la chaqueta de lana liviana que llevaba. Tocó el edredón de la cama. Le encantaba el acurruco de colchas y edredones. Dormir sin cobijas la hacía sentir a la intemperie.
La primera noche disfrutó la nueva traducción de Emily Wilson de la Odisea, remendada de sus interpretaciones excesivamente masculinas. Al despertar, se amarró el pelo largo y liso en una cola de caballo y bajó a desayunar. Desde el comedor de anchas vidrieras se veía también el lago. La mayoría de los huéspedes eran parejas blancas de mediana edad, a excepción de una pareja de facciones asiáticas, y otra donde la mujer llevaba un sari. No vio ningún niño. En una mesa, al lado del ventanal, un hombre solo, tenía el rostro sembrado en el periódico. Podía ser guapo, pensó; al menos estaba en buena forma.
Para la quincena en Escocia no tenía planes con otro hombre que no fuera Jamie, se dijo, pero ese castillo tan romántico se prestaba a cualquier sorpresa. Revisó los meseros, dos hombres jóvenes, podían ser italianos o marroquís. Se sintió como tigresa en acecho y se llenó de remordimientos. A sus cincuenta y cuatro, temía que se le acabara el tiempo de la seducción, la “combustión” espontánea, como solía llamarla ella.
Salió al jardín. Era un día de sol. El césped brillaba. A pesar de las advertencias de las frecuentes lluvias en Escocia, no podía quejarse. Empezó a caminar. Hacía fresco. Admirando el paisaje casi tropieza con lo que pensó era una tortuga: un aparato ovalado, color gris oscuro, se movía sobre el césped. Se detuvo a mirarlo. Avanzaba imperturbable. Le tomó un rato percatarse de que se trataba de un robot cortador de césped. Sólo conocía uno parecido en casa de una amiga. Ella lo activaba en la noche para que le limpiara los pisos. Éste otro apenas hacía ruido. Seguía su camino con gran determinación. Curiosa, se sentó en una banca al otro lado del césped a mirarlo. Debía de ser recargable. Ningún cable lo unía a una conexión eléctrica. El robot esquivaba los muros de los parterres para flores al borde del engramado. Al límite del césped, se volvió para recorrer el camino en dirección opuesta. Habría jurado que desviaba leve su camino para acercársele. ¡Admirable invento!, pensó ella. Tan entregado a su trabajo, tan metódico. Le dieron ganas de felicitarle, de darle una palmadita en la espalda.
Fue caminando hasta el lago, pensando en el lugar que iba tomando la tecnología en sus vidas. ¿Qué relación terminaría surgiendo entre los seres humanos y las máquinas? Pronto ella tendría que aceptar la Inteligencia Artificial en su despacho. La IA era capaz de delinear planos arquitectónicos si uno sabía darle comandos exactos.
Al regreso de su caminata, se topó de nuevo con el robot corta césped. No lo esquivó. Se puso en cuclillas para ver el mecanismo, el rodillo en la panza. El aparato se detuvo. Se dejó examinar. Cuando ella lo enderezó, continuó incansable con su labor, de aquí, allá, de allá, aquí. Le inspiró ternura.
A la hora de la cena, vio de nuevo al hombre solo. Ella y él eran las únicas personas solas en el restaurante. Lo observó. Tendría su edad, quizás, manos largas, ojos pequeños y hundidos, marrones, la boca ancha de labios delineados, el pelo oscuro con zonas grises. Tenía más canas en la barba. Se la tocaba a menudo. También encendía y apagaba su teléfono, inquieto. Vestía una chaqueta de cuero y pantalones beige. Ella supuso que hablaría inglés. ¿Se llamaría Richard o John? Decidió mirarlo hasta que él la mirara. Le gustaba pensar que su mente era capaz de teletransmitir. Al fin la miró. Hubo una media sonrisa, pero él se levantó y se marchó del comedor.
Pasó varios días disfrutando de la molicie, pero salía al jardín a ver la puesta de sol. Invariablemente encontraba al robot corta césped, merodeando cerca. Habría querido preguntarle si le pasaba algo. Una de esas noches, ya en pijama, escuchó un toqueteo en su puerta. Se asomó. Era el robot. Habría perdido el rumbo. Lo levantó con cuidado. ¿Te confundiste? le preguntó divertida, mientras lo devolvía al césped. Se alejo murmurando su leve ronroneo.
Esa noche evocó a Jamie. Pensó que el vibrador también ronroneaba. El orgasmo fue casi inmediato y más intenso.
En el desayuno habló con el chico que le servía el café. Era de padres italianos, pero su acento escocés era delicioso.
-¿Qué hay con esos robots que cortan el césped? -le preguntó.
-Son simpáticos, ¿verdad? -dijo el sonriendo- ¿Acaso le ha molestado?
-No, no -aseguró ella- Es que no los conocía.
-Hay varios. Menos mal. No habría suficientes jardineros para ese trabajo. Ellos en cambio no se cansan.
-¿Y lo hacen todo el día?
-Y todos los días. Y se enamoran, ¿sabe? -rio- Les toman cariño a ciertas clientas. Las siguen. No les haga mucho caso.
Se rio y tosió. El café se le atragantó en la garganta.
-Son bromas -dijo el chico- No se preocupe. En Escocia nos gusta la magia, los cuentos de fantasmas -dijo con una sonrisa en su blanquísima dentadura- ¿No quiere probar unos haggis?, es el plato típico de Escocia.
Comió haggis. Prefirió no preguntar los ingredientes.
En su paseo esa mañana, ignoró al robot frente al comedor. Recorrió las áreas verdes para contar cuántos había. Eran cuatro, distantes uno del otro. No podía creer que se estaba obsesionando con el robot, con su robot.
De vuelta al castillo entró por la puerta de la recepción. Quería visitar los alrededores. La excursión a la isla de Islay era la más fácil. Incluía un viaje en ferry de dos horas a Port Ellen y la visita a famosas destilerías de whisky, entre ellas Laphroig, la marca preferida de un marido ya olvidado, pero de buenos recuerdos. En la recepción se topó con el hombre solo. Se llamaba Richard en efecto. Podía llevarla al ferry, le dijo. El iba a tomar el mismo tour. Richard era un hombre suave, con buen humor. Escritor. Estaba en el castillo escribiendo. Era su lugar preferido para terminar sus novelas. El viaje en ferry fue un poco frío. El llevaba un suéter extra. Se lo puso a ella sobre los hombros. Ella sonrió celebrando para sí el encuentro casual. Coquetearon. Ambos sabían verse a los ojos. En el viaje de regreso, la química y el whisky hacían lo suyo. Ella no pudo evitar comentarle el caso del robot corta césped y su fijación.
-¡Hasta me ha llegado a tocar la puerta!
-No lo culpo -dijo él, con picardía- Sabrá que hay más vida que cortar el césped.
-Admito que la atención me halaga -sonrió ella- Quizás lo invite, rio.
Dos o tres noches los dos conversaron hasta tarde en la biblioteca. Cuando quedó claro que la cama era el próximo destino, ella le tomó de la mano juguetona.
-¡Ven! Te mostraré algo. Como pensó, el robot estaba afuera de su puerta.
-Invítalo -rio Richard- se lo ha ganado.-
Ella lo llevó en brazos. Lo abrazó. Lo colocó suavemente
en el suelo de la habitación.
-No cortes la alfombra -le advirtió.
Hicieron el amor mientras el robot iba de un lado al otro.
Ella no necesitó evocar a Jamie esa noche. Entre las manos de Richard y el ronroneo celoso del robot tuvo una multitud de orgasmos.
Julio, 2026

Mi Jamie se llama Soraya, pero ojalá fuese un Sorayo de carne y hueso 🥲
Me encantó el erotismo del cuento desde la mirada femenina, sello de Gioconda. El personaje del robot me dejó inquieta: ¿hasta dónde llega el deseo cuando el cuerpo del otro no es del todo humano?